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A quienes actúan o poseen intereses en educación, la discusión sobre la nueva escuela y la nueva pedagogía los tiene ocupados, inquietos por momentos, aunque fascinados la mayor parte del tiempo. Comprenden la complejidad de la tarea que enfrentan, aun sin conocer con certeza cómo se resuelve esa encrucijada ni cuál es el modelo que complementa o sustituye al sistema actual. La problemática es multidimensional, y una de esas dimensiones está referida a la tarea del docente.

El docente, en todos sus niveles y especialidades, es uno de los grandes protagonistas de los estados modernos, aun cuando su labor no tenga alta visibilidad o gran espectacularidad (salvo, lamentablemente, cuando las cosas salen mal). Junto con médicos y policías, comparten la tarea primordial de proveer los elementos de mayor trascendencia a los que espire cualquier sociedad. La tarea específica y fundante del rol del docente es, sencillamente, educar.

Además de las cuestiones específicas de las profesiones, lo que diferencia a los docentes de los profesionales de la salud y de los agentes de seguridad es que estos últimos trabajan para evitar que las cosas ocurran, en particular, enfermedades y delitos, respectivamente. Sus tareas son fundamentalmente preventivas, y sus éxitos se verifican si la gente se enferma menos y la sociedad sufre menos delitos. Por supuesto que las enfermedades y los delitos cambian de forma, y esto torna compleja y desafiante la terea de médicos y policías. Pero el foco de su actuación siempre es la prevención, que consiste en desarrollar disposiciones en forma anticipada para evitar que sucedan cosas que la sociedad desea evitar.

La acción del docente, por el contrario, consiste en lograr que las cosas sucedan. Los docentes son suscitadores o habilitadores para la acción. No hay límites en el alcance de su tarea, siendo que la misma consiste en transmitir, conectar, avivar intereses, guiar proceso exploratorios, desarrollar hábitos de pensamiento, enlazar en forma continua elementos del pasado con aspectos especialmente útiles del entorno circundante, con el fin de preparar a los educandos para un futuro desconocido aunque imaginado, proyectado. Esta tarea, tan peculiar y compleja, y con evidencias de éxito difíciles de verificar en el corto y mediano plazo, adquiere la forma de un gran desafío en el nuevo orden mundial de la interconectividad y de la cultura colaborativa. La convergencia digital y el flujo permanente de información al que son expuestos los educados plantean la necesidad de revisar la tarea del docente.

Resulta conveniente, a tal fin, hacer una pequeña revisión del concepto 2.0, debido a que una apropiada comprensión de su alcance puede resultar útil para pensar en el nuevo docente, o en el nuevo desafío del docente.

El concepto 2.0 fue instituido originalmente por O'Reilly y Battelle en el año 2004 en una conferencia realizada en Londres al hacer referencia a la web 2.0. Pensando en la web como una arquitectura de intercambio extendida ya a niveles planetarios para esa fecha (840 millones de personas conectadas en la red), los autores señalaban el tránsito desde un modelo informativo, unidireccional y con procesos editoriales controlados (web personales, sistemas taxonómicos de clasificación, por ejemplo) hacia uno más participativo y bidireccional (blogs, sistema sociales de etiquetados de clasificación, para seguir con los mismos ejemplos). El caso que mejor describía ese cambio era al tránsito desde el modelo de la Enciclopedia Británica online hacia el modelo wikipedista. En coincidencia con esta definición, en 2004 nacían Facebook, YouTube y Flick, tres de los principales protagonistas del mundo de las redes sociales y aplicativos 2.0.

Posteriormente, en un artículo publicado en la MIT Sloan Management Review en el año 2006, el profesor de Harvard Mc Afee extendía el concepto al universo de las organizaciones y presentaba a la empresa 2.0. Tomando como base las consideraciones realizadas para la web 2.0, presentaba el concepto de SLATES, haciendo referencia a su significado en inglés: tablero tabla rasa, o borrón y cuenta nueva. A juicio del autor, la organización 2.0 era aquella que desarrollaba o adquiría plataformas tecnológicas de participación para hacer visibles las prácticas y resultados de sus trabajadores del conocimiento. Ese mismo año, al autor Tapscott publicaba el libro Wikinomía, profundizando lo que denominó como nuevo arte y ciencia de la colaboración, con cuatro pilares constitutivos: la apertura, la interacción entre pares, el acto de compartir, y la actuación global como ámbito de gestión. El trabajo de Tapscott presenta por primera vez la idea de un ambiente de trabajo 2.0.

La extensión del concepto 2.0 no se detuvo allí, alcanzando a gobiernos, escuelas, a la práctica del management, al concepto del liderazgo, y a cuanta institución o profesión se haya vista desafiada por el nuevo orden de cosas. Es por ello que, en este contexto y progresión de la discusión, no resulta forzado plantear la necesidad de hablar de un docente 2.0.

No es la intención de esta reflexión hacer una descripción exhaustiva del perfil de un docente 2.0. Primero, porque resulta riesgoso y pretensioso dar precisiones concluyentes en la reelaboración de una práctica de largo arraigo en nuestra sociedad que llevará décadas reformular. Pero segundo, y más importante aún, pues no parece ser el tema en discusión. Lo que propusieron en sus escritos, tanto O’Reilly inicialmente, como Mc Afee y Tapscott luego, no fue una clasificación taxonómica sino una nueva discusión, un nuevo abordaje para revisar las prácticas de aula y las didácticas en enseñanza de los docentes. Sus ideas desafiaron creencias de profundo arraigo, e invitaron a una nueva discusión, abierta, honesta y sin prejuicios. Es necesario repensar la tarea del docente no tanto desde el qué y a quiénes, sino principalmente desde el cómo, el dónde y el cuándo, recordando que actualmente la aldea global posee 2.500 millones de internautas y 1.500 millones de teléfonos inteligentes, y que los textos electrónicos ya representan más del 50% de las ventas de libros en el mundo.

El docente seguirá estando abocado a la misma misión y a los mismos públicos, pero sus prácticas, técnicas, recursos, didácticas, dinámicas y lugares de actuación deberán adaptarse a un mundo más interconectado y mejor informado. Sus impactos y la relevancia de su actuación dependerán en buena medida de la manera en que estas prácticas sean adaptadas y desplegadas.

El desafío de repensar la nueva práctica docente dentro de la nueva escuela y la nueva pedagogía, se agrega al debate de cualquier Nación que siga creyendo que la educación cambia la trayectoria futura, no solo de un alumno, sino de un país.

Docentes 2.0, ¡bienvenidos!

Por Juan Maria Segura para Cengage Learning Latinoamérica