Este artículo fue publicado en:

Si menciono las palabras abogado, médico, arquitecto o escritor, seguramente su mente se posiciona rápidamente sobre personas presuntamente idóneas en disciplinas y campos de conocimiento específicos, asociadas a lugares concretos de práctica o realización profesional (los tribunales para los primeros, un hospital para los médicos, y así el resto). El término Community Manager o Gestor de Comunidades tal vez le genere un poco más de desconcierto, y es probable que encuentre dificultades al intentar vincularlo a competencias o saberes específicos y prácticas profesionales reales. Por lo tanto, ni me quiero imaginar cuando le menciono a un Hacker Ético Certificado, a un Evangelizador de Internet, a un Responsable Conversacional o a un Gerente de Felicidad. Allí el asunto seguramente se vuelve indescifrable.

Lo que acabo de describirle, en forma sencilla, es el descalce o desacople que actualmente existe entre el mundo del trabajo y las necesidades de las organizaciones, y el territorio de la educación y de la certificación de capacidades y competencias a través de titulaciones.

Una organización, como bien postulara Ronald Coase en su aclamado artículo La Naturaleza de la Empresa, es una institución que se crea con el fin de facilitar la distribución de bienes y servicios dentro de una sociedad. Facilitar significa hacer viable, en la forma más económica, eficiente y sostenible posible. Para ello, monta estructuras que organizan ese flujo creando, por un lado, portafolios de ofertas de “cosas” (computadoras, jeans, automóviles o préstamos hipotecarios) y, por otro, necesidades de recursos y competencias específicas (materiales, maquinas, oficinas, empleados). Como buena intermediaria, en ese afán de terciar para dirigir aunque sea parte del flujo de esos bienes y servicios, la empresa siempre está sometida a, al menos, dos presiones importantes: primero, al cambio de preferencia de los consumidores (por la razón que fuere) y, segundo, a las variaciones en las situaciones de contexto dentro del cual la organización ejerce su tarea (normativa, regulatoria, tecnológica, científica).

Si, como indica Howard Gardner al hacer referencia a las mentes del futuro, la educación prepara a las personas para una vida de trabajo y de trabajo bien hecho, estético y ético, y gran parte de ese trabajo ocurre desde algún tipo de organización, grande o pequeña nueva o antigua, vertical u horizontal, pública o privada, es claro que el sistema que provee las capacidades requeridas para hacer ese buen trabajo debe trabajar en total sincronía con la empresa y sus necesidades, adaptándose al mismo ritmo al que a la empresa le cambian las condiciones competitivas.

Las profesiones que mencioné al principio son de larga data y todas han llegado a ocupar un rol preponderante en el contexto del mundo de la sociedad industrial. Por ello, el sistema educativo tomó el recaudo de desarrollar y perfeccionar a lo largo del tiempo una maquinaria suficientemente extendida territorialmente y de las calidades más diversas, con el fin de asegurar la adecuada provisión de esos recursos relevantes para un contexto específico de negocios.

Sin embargo, el drástico cambio de paradigma que el mundo del trabajo sufrió en los últimos diez o quince años, por razones vinculadas a las tecnologías móviles y al libre flujo de información, ha dejado desactualizado en el mejor de los casos a lo que el sistema educativo ofrece al mundo del trabajo. Tómese el trabajo de cruzar los núcleos de aprendizajes prioritarios exigidos en los planes de estudio nacionales y los marcos de competencias profesionales demandadas por organizaciones como The Partnership for the 21st Century o The Institute for the Future.

Lo que estoy señalando le parecerá lejano a la realidad de su país, pero no lo es. Cuando uno habla de educación, necesariamente debe tener en cuenta la forma en la cual los educandos de hoy lograrán insertarse en una sociedad de producción y trabajo, cualquiera que sea la especialidad y área. Si matriculamos plomeros gasistas para un mundo (ficticio) que solo necesita electricidad, entienda que no solo deberemos coexistir con un alto nivel de desempleo sino que, además, deberemos acostumbrarnos a tener malos servicios de provisión y reparación de electricidad. Este argumento, extendido a la complejidad del funcionamiento de una sociedad, es el que redunda en, por ejemplo, sobrantes de miles de psicólogos y faltantes de miles de ingenieros, con problemas de escalas en ambos lados.

Hoy las empresas requieren Hackers Éticos, Gestores de Conversaciones, Gerentes de Felicidad, Community Managers y muchas otras competencias y conjunto de capacidades nuevas, raras pero relevantes. ¿Está el sistema educativo desarrollando los planes y trayectos educativos necesarios para proveerlas? ¿Están los responsables de la educación haciendo los cambios y esfuerzos necesarios para actualizar sus organizaciones y así sostener el rol de proveedores estratégicos de las organizaciones productivas del nuevo mundo?

En 2011, el profesor Nicholas Negroponte dio un paso al costado en la conducción del Media Lab, del MIT, laboratorio de avanzada creado por él en 1985 con el fin de realizar investigaciones interdisciplinarias en diferentes campos vinculados con la tecnología. Su reemplazante, Joi Ito, un japonés-estadounidense, fue considerado por el New York Times como una elección inusual, pues Ito no había completado estudios de educación superior. Pregunto: ¿cuál es la carrera que prepara para conducir un laboratorio como el citado? Tal vez el mismísimo MIT, una institución situada en el corazón de la educación formal de élite y de avanzada, nos está mostrando nuevamente el camino: mientras el sistema educativo no brinde soluciones, habrá que buscar en otros lados.

Por lo tanto, ¿cómo es el trabajo del futuro para el cual estamos formando a nuestros educandos? O será que el futuro ya tiene un presente que nos llega a la cara como un balde de agua fría, ante el que solo queda reaccionar prontamente. Cengage Learning reconoce la tensión existente entre dos paradigmas diferentes y, a través del desarrollo de experiencias de aprendizajes de alto valor, está en condiciones de acompañar a sus actores en la transición desde un sistema conocido hacia otro nuevo en conformación.

 

Por Juan Maria Segura