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Las instituciones no provienen ni del derecho natural, ni de la evolución biológica del ser humano, ni de la armonización espontánea entre medio ambiente y habitantes, no siendo explicables por medio de la ciencia, ni justificables a través del derecho Divino. Por el contrario, las instituciones son convenciones acordadas por el hombre, diseñadas e implementadas en un contexto cultural, político, sociológico y tecnológico específico de problemáticas y carencias, teniendo por objetivo generar resultados que, de otra manera, sería difícil de lograr. De la misma manera que el Estado Nación se crea para defender de ataques externos a sus habitantes, que la Democracia se concibe para derrocar gobiernos sin derramamiento de sangre y que los Bancos Centrales se piensan para preservar el poder de compra de la moneda local, las instituciones educativas se conciben y crean con el fin de lograr transferencias de conocimientos de generación en generación.

En el mundo de la información escasa, ello es, en el momento de la historia previo al surgimiento de Internet (1992), Google (1998), Wikipedia (2001), las redes sociales (2004) y los dispositivos móviles inteligentes (2007), las instituciones educativas cumplían el transcendental rol de integrar en un mismo espacio físico a especialistas (docentes), contenidos (libros y manuales) y educandos, con el fin de favorecer la transferencia de unos conocimientos específicos y deliberadamente preseleccionados. La adaptación de los educandos al medio ambiente cultural, productivo y social, en buena medida, estaba condicionada a las posibilidades de enseñanzas y aprendizajes generadas dentro de ese espacio llamado escuela, instituto, academia o universidad, más específicamente dentro sus aulas. Lo que allí ocurría, esa convergencia de recursos, prácticas y actores que favorecía comprensiones de campos disciplinares diversos pero integrados, raramente era alcanzable en otras instituciones o lugares de la sociedad, salvo limitadas excepciones. En el mundo de la información escasa, por consiguiente, las instituciones educativas y su respectivo espacio áulico se presentaban como convenciones del hombre convenientes en sus fines y aspiraciones, y monopólicas en su campo y práctica, no tanto por los resultados “indirectos” de aprendizajes alcanzados (exámenes, repitencia, abandono, tasas de graduación), sino más bien por la ausencia de rivales teóricos de peso que pudiesen desafiar los supuestos sobre los cuales dichas instituciones justificaban su existencia.

Sin embargo, en el mundo de la información abundante emergido en solo 15 años, repentinamente las instituciones de educación se ven sometidas a un natural replanteo cultural, práctico y de relevancia. Las 100 horas de video que en un minuto se suben a YouTube desde cualquier lugar del mundo sin que nadie pueda mediar por lo que allí aparece no son solo un dato simpático de época, sino una brutal rajadura conceptual aparecida en una convención que se había perfeccionado durante décadas en el arte de la dosificación, estructuración, homogenización, graduación y control del ritmo. De la noche a la mañana, y sin necesidad de evidencias ni evangelizadores, información suelta y contendidos de diferente naturaleza y calidad comenzaron a circular raudamente a través de pantallas y dispositivos, en cualquier horario, desde cualquier lugar y entre cualquier persona. Repentinamente, en el mundo de la hiperconectividad, la nueva cultura digital bajó del podio al aula como la conocimos y, como suele ocurrir en casos similares, arreciaron las críticas y los abordajes alternativos.

La discusión alrededor del concepto de la clase invertida debe comprenderse dentro de este contexto discursivo y de esta tensión en una convención que llevaba décadas de reinado, con todos los aditivos que ello supone.

Entendemos por clase invertida a la teoría que propone reasignar el espacio áulico y el horario escolar a que los alumnos trabajen individual o colectivamente en sus tareas, con acompañamiento semi personalizado por parte del docente, desplazando hacia afuera de la escuela la tarea de exponerse por primera vez a los contenidos que antes eran exclusivamente impartidos por docentes. También conocida como enseñanza invertida o instrucción reversada, esta teoría supone por parte del alumno un trabajo individual de búsqueda y exposición a contenidos en línea a partir de videos, lectura hipertextual, podcasts, imágenes y simuladores, todo ocurrido en un entorno de hiperconectividad social con pares, no necesariamente circunscripta al mismo curso o nivel educativo. Asimismo, requiere un rol diferente por parte de los docentes dentro del aula, quienes ahora deben alentar y asistir individualmente a los alumnos en su trayecto de experimentación práctica de los conceptos aprendidos, con el fin de habilitar la fijación de saberes y comprensiones holísticas e integrales, vinculadas al tópico de estudio.

La teoría de la clase invertida cobra especial relevancia en un entorno de hiperconectividad e información abundante, y se ve facilitada a partir de iniciativas organizadoras del conocimiento a partir de clases grabadas y puestas en línea, de acceso gratuito, alineadas con mapas conceptuales, del tipo de lo que lleva adelante la Khan Academy desde 2004, y de plataformas que permiten generar espacios virtuales personalizados, flexibles y con contenidos educativos de calidad garantizada, del tipo de las plataformas Classroom in Context o MindTap, desarrolladas por Cengage Learning, en donde alumnos y docentes generan una experiencia única en términos de relevancia y aprendizaje personalizado.

Las estrategias de clases o educación invertida aparecen en el horizonte de la nueva educación como un necesario puente para transitar desde las convenciones educativas de un sistema cuestionado hacia formatos más personalizados e integradores de los recursos tecnológicos educativos que el mundo hoy ofrece. Sin embargo, no es esperable que ese tránsito ocurra solo, espontáneamente y sin antes resignificar la tarea docente, integrando los nuevos saberes y teorías del aprendizaje ya disponibles. Solo así el espacio áulico del sistema educativo anterior podrá encontrar una nueva razón para preservar su relevancia y utilidad.

 

Por Juan Maria Segura para Cengage Learning Latinoamérica