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Las personas no somos recipientes a los que hay que rellenar. Ni siquiera en la más tierna infancia los seres humanos somos “seres incompletos” a los que hay que “completar” llenando nuestra cabeza de datos e informaciones. Por ese motivo, la educación debe ser proactiva, reflexiva y creativa.

Proactiva. Los educadores (ya sean padres, docentes, etc.) deben tener pleno control de sus conductas de modo activo. Una educación proactiva implica aprendizaje continuo, por lo que hay tener iniciativa, trabajar colaborativamente y saber buscar información de manera eficiente y crítica.

Una educación proactiva permite superar las dificultades marcando objetivos claros y asumibles e indicando el camino adecuado para conseguirlos. Tradicionalmente, la educación ha sido reactiva, es decir, pasiva e incapaz de superar los problemas. Cuando un alumno es incapaz de adaptarse al sistema, una educación reactiva lo deja al margen y lo etiqueta de “fracaso escolar”; una educación proactiva es capaz de actuar y buscar la manera de superar la situación.

Una educación proactiva permite que se aprenda de los errores y se vea el fracaso como un paso más hacia el éxito.

Reflexiva. El objetivo final de la educación no es solo que el alumno conozca muchos conceptos y maneje mucha información, sino también que sea capaz de producir conocimiento y de resolver problemas. Por eso no podemos educar de forma pasiva, transfiriendo de manera mecánica datos del maestro (poseedor del conocimiento) al alumno (receptor del conocimiento).

Dotar de conciencia crítica es uno de los objetivos más importantes de la educación.

Creativa. Una educación sin creatividad es como un pintor sin colores o un escritor sin palabras. La creatividad es el oxígeno de la educación, y sin ella acabará ahogándose.

En conclusión, la educación se construye, no se adquiere.

 

 

Texto original: http://goo.gl/Atk4Dq