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El mundo cambió. Más de 3.000 millones de personas de todas las razas y condiciones sociales navegan diariamente por internet, 2.000 millones de personas poseen teléfonos inteligentes, y 120 horas de video producidas desde cualquier rincón del mundo son subidas cada minuto a YouTube.

Esta revolución transformadora, disruptiva y de escala planetaria, ocurrida en los últimos 20 años, obliga a las Naciones a repensarse como colectivo social, y fuerza a dirigentes a encontrar nuevos diseños institucionales que den cuenta del desafío histórico.

El 2015 es un año trascendental para la Argentina, no solo por la circunstancia de las elecciones presidenciales, sino también porque la sociedad está siendo particularmente escuchada en sus demandas y reclamos. Una sociedad sedienta de transformación y modernización, e implicada de una manera coordinada y sostenida en un proceso de cambio, puede constituirse en el catalizador que la política necesita para darle a cualquier país la esperanza de que una nueva fisionomía social y productiva es posible y deseable.

Si la Argentina o cualquier otro país de la región, todos proyectos aún jóvenes de república y embrionarios en cuanto a sus sistemas democráticos de organización política, desean lanzarse hacia el siglo XXI con entusiasmo y optimismo, entonces deben promover espacios de diálogo y reflexión en los que sea posible vislumbrar pistas sobre esos futuros posibles superadores. Estas pistas deberán incluir formas novedosas, dinámicas y modernas de coordinación entre los sectores público y privado, y entre el sistema productivo y el educativo.

Los trabajadores de la sociedad de la información que las empresas requieren para revolucionar sus prácticas y expandir sus posibilidades productivas y de servicio, no llegarán en un plato volador, sino que emergerán a partir de un sofisticado y complejo entramado de instituciones de educación, ciencias y tecnología.

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Conscientes del momento y desafío histórico, y animados por la convicción de que el buen diálogo entre las instituciones de educación y del sistema productivo de un país produce desarrollo y progreso a escala, un conjunto de individuos e instituciones decidieron impulsar el Primer Congreso de Educación y Desarrollo Económico (www.conede.com) con los objetivo específicos de:

  1. Debatir evidencias, tanto del sistema educativo como del sistema productivo, que permitan clarificar sobre la coordinación necesaria requerida entre educación formal y productividad.
  2. Integrar miradas sobre la misma problemática de diferentes actores y agentes relevantes, ya sean del sector público, privado, social, sindical o religioso, de cualquier campo disciplinar.
  3. Proponer soluciones, transformaciones, refundaciones, esbozando agendas de trabajo ambiciosas y multisectoriales, pero realizables, medibles y auditables por la sociedad en su conjunto.

La vivencia, que juntó a ministros, ex ministros, oficialistas, opositores, empresarios, emprendedores, líderes sociales y educadores, llenó un espacio temático que, a juicio de los organizadores, aún nadie se había propuesto abordar con generosidad, apertura y rigurosidad. Incluye, naturalmente, la mirada y práctica de educadores y empresarios (oferta y demanda de talento y competencias, respectivamente, por decirlo de una manera simplificada), pero también debe incluir a científicos, historiadores, futurólogos, líderes comunicacionales, tecnólogos, administradores públicos y diseñadores de políticas públicas.

La experiencia de Conede, de la que participaron más de 1.000 asistentes y en la que debatieron más de 20 panelistas durante una jornada completa de trabajo, permitió extraer algunas conclusiones.

Primero, que la suerte de las Naciones de la región no está echada. Es cierto que nuestros países miden mal en PISA y TERCE, la Argentina a su vez hace lo propio en las pruebas internas ONE, y que nuestros alumnos y docentes destacan por cuestiones que querríamos esconder. Sin embargo, si hasta aquí llegamos producto de nuestras propias torpezas u omisiones, de aquí en más podemos emerger fruto de nuestras virtudes y acuerdos. Necesitamos nuevos consensos, tal vez nuevas bases. Nadie lo hará por nosotros, pero es posible lograrlo. Cuando se inició la aventura de Conede, todos manifestaban que lo que se intentaba hacer no era posible, y menos aún en el actual contexto crispado de discusión política partidaria propuesta en un año electoral con tanto en juego. Y se logró en unos pocos meses, siendo todos sus impulsores y organizadores muy inexpertos. Nada detuvo la convicción de los impulsores de creer que el espacio de debate multidisciplinario era necesario.

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Segundo, así como la educación era la base de las Naciones en los siglos anteriores, ahora es el código fuente de un estado moderno. Desde Finlandia hasta Estonia, desde Israel hasta Corea del Sur, todos parecen haberlo comprendido de esa manera. No hay proyecto de país posible si no se comprende y acepta que la educación es como la “religión” de nuestra sociedad: todos, todos la debemos profesar, defender, alentar, en beneficio del proyecto común que compartimos. No hay que esperar tener un título o un cargo para representar el rol del educador, ni tampoco hay que esperar que solo aquellos resuelvan lo que es un problema de toda una sociedad. La educación se juega tanto en un aula y en un examen, como también en una sobremesa, en un tuit, en la tribuna de un estadio, en la fábrica, o conduciendo un vehículo.

Finalmente, la conclusión a mi juicio más reveladora y relevante: si pelear o rivalizar nos aleja y nos cerca a cada uno en nuestro bando, barricada y dogma, debatir nos acerca y enriquece. Pero debemos aprender a debatir con argumentos y evidencias iluminadas por la razón, y no con juicios o slogans cargados de marketing coyuntural y vacíos de contenido. La discusión educativa es multidisciplinaria por naturaleza, y debe verse favorecida por las miradas y aportes de educadores, diseñadores de políticas públicas, empresarios, líderes sociales y directivos en general.

Crear y alentar espacios como el de Conede forma parte de la tarea que tiene una sociedad implicada y comprometida. El problema educativo de cualquier Nación de la región no lo resuelve ni un presupuesto generoso, ni un programa ambicioso de distribución de computadoras, ni un Estado inteligente. Es necesario animarse a ser protagonista del cambio, y asociarse en grandes ligas de debate y acción colectiva.

Juan María Segura, Julio 2015.

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