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Los críticos de la educación y los reformadores escolares han señalado a la enseñanza de la Historia en la educación secundaria como el modelo de pedagogía mediocre e ineficaz.

La enseñanza de la Historia, generalmente está a cargo de profesores que no tienen una adecuada preparación, usan métodos tradicionales y la convierten en la más árida de todas las asignaturas escolares. “El alto valor educativo de la Historia es demasiado grande”, explicaba Hall, “para dejárselo a maestros que meramente escuchan recitaciones de memoria, mientras siguen con el dedo el escrito en el texto escolar, y solamente hacen las preguntas convenientemente impresas para ellos en el margen o en la parte posterior del libro” .

Como vemos es un llamado a la acción pedagógica en pleno siglo XXI, debemos de exhortar a los docentes como uno de los principales actores educativos a dejar atrás la clase magistral para el contexto escolar, la recitación memorística y los textos escolares, y “saturar” la enseñanza de la Historia con una pedagogía más activa. Me refiero a la relación entre la instrucción e investigación en Historia y no solo en esta área curricular sino en todas las de la educación básica regular, necesarias para la formación integral de la persona, reformando su enseñanza para hacerla más eficaz, más didáctica y más cautivadora.

Nosotros los maestros de Historia sabemos que las opciones no son ni tan dicotómicas ni tan sencillas. Plantear la situación de la relación entre la instrucción e investigación como un engranaje necesario trae como consecuencia un conjunto de disyuntivas tales como abandonar los textos guías por las fuentes primarias o reemplazar las exposiciones del profesor con las pesquisas del estudiante, estos son los retos perennes que los estudiantes de Historia enfrenten cuando traten de aprender Historia y desarrollar su comprensión de ella y por consiguiente el pensamiento histórico. Y digo que no es sencillo, no sólo por la capacidad cognitiva que han podido desarrollar y a la cual están acostumbrados debido a la normatividad y al diseño curricular nacional que los obliga a encasillarse en lo mero instruccional olvidándonos por completo de los enfoques pedagógicos que pregonamos como son el constructivismo y el histórico-social por no mencionar a otros, sino también al enfrentamiento contra este sistema educativo que no permite desarrollar el pensamiento histórico y esto debido a la obligatoria consecución de las competencias, capacidades y contenidos temáticos de las programaciones anuales que solo logran desarrollar en nuestros estudiantes la comprensión histórica a través de la consecución de los aprendizajes esperados y esto a pesar de que realizamos la diversificación curricular.

La Historia es un vasto y constantemente creciente depósito de información acerca de personas y acontecimientos del pasado. Para los estudiantes, el aprendizaje de la Historia conduce a encuentros con miles de nombres, fechas, personas, lugares, acontecimientos y relatos distantes con los que no están familiarizados. Trabajar con tales contenidos es una empresa compleja que no puede reducirse fácilmente a opciones entre aprender datos y dominar los procesos de pensamiento de la Historia.

Como sugiere Wineburg, “[…] el pensamiento Histórico, con frecuencia puede ser un acto “no natural”, que requiere que nosotros pensemos por fuera de los supuestos y visiones del mundo que nos son familiares y cómodos […]”. Este trabajo, requiere entonces, tanto conocimiento como habilidades del docente, para ayudar a los estudiantes a aprender contenido histórico a la vez que incrementan sus capacidades para usar evidencia, evaluar interpretaciones y analizar el cambio a lo largo del tiempo. Es pues un reto para los maestros de este siglo empezar a incorporar a nuestras actividades de aprendizaje, técnicas y estrategias pertinentes y coherentes con el desarrollo de habilidades idóneas no sólo con la historiografía, sino también con la historiología.

 

Texto original: http://bit.ly/1FOfuve