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La feria CES (consumer electronics show), celebrada anualmente en Las Vegas, no es precisamente una exposición de autos. Sin embargo, estos han acaparado gran parte de la atención en las últimas ediciones, siendo que la electrónica está transformando por completo la experiencia de conducir: modelos que estacionan solos y se localizan desde un smartphone, sistemas de comando por voz, GPS incorporados en los parabrisas indicando rutas alternativas, alertas sonoras de velocidad máxima, pantallas incorporadas con juegos y pasatiempos, wifi y comando lector de correos electrónicos, son algunos de los gadgets que hacen deleitar cada año a curiosos y asistentes.

A mucho menor nivel, por supuesto, me encuentro experimentando una situación coincidente con lo mostrado en Las Vegas. Hace algunas semanas adquirí un vehículo 0 km, y es notable la cantidad de tareas, funciones y preocupaciones que uno ya no debe atender: las puertas se traban solas al superar los 10km/h, una sirena se activa a más de 30km/h si piloto y copiloto no tienen abrochado el cinturón de seguridad, los limpiaparabrisas se activan en forma automática cuando llueve, las luces se encienden solas cuando oscurece, el celular se conecta automáticamente al bluetooth al poner el auto en marcha, la temperatura interior se regula en forma automática, y con solo tener la llave en el bolsillo el auto ya puede ser encendido sin siquiera tener que introducirlo dentro de un orificio o hendidura que oficie de interruptor general del vehículo. 25 años atrás, todas estas cuestiones demandaban gran atención y pericia por parte del conductor, y un descuido ponía en serio riesgo la vida de los pasajeros.

Los autos actuales, inteligentes, demandan menor pericia y atención 360º por parte del conductor. Si antes los autos podían ser conducidos por expertos, hoy pueden ser comandados por un neófito, lo cual me lleva a pensar si existe algún tipo de correlación entre la inteligencia del auto y la del conductor. Mi auto inteligente, en definitiva, ¿me libera de la necesitad u obligación de poseer un nivel suficiente de inteligencia que me habilite a operar toda esa maquinaria? Este nuevo coche inteligente, por lo tanto, ¿me hace más estúpido en la misma proporción? ¿Estoy realmente frente a un juego de suma 0? Este razonamiento me condujo irremediablemente a un concepto desarrollado por Nicholas Carr (¡con doble r!). Veamos.

Carr es un pensador de estos tiempos. Con formación académica humanística en literatura en los Estados Unidos, escribe y conferencia en los lugares más prestigiosos del mundo sobre las implicancias de la tecnología en el orden social, económico y en el mundo de los negocios. En uno de sus libros más aclamados, The big switch, rewiring the world, from Edison to Google (el gran cambio, recableando el mundo, desde Edison hasta Google), publicado en 2008, insinúa las ideas que ese mismo año expuso en forma provocadora en un artículo en The Atlantic Monthly bajo el título: Is Google making us stupid? (¿Google nos está volviendo estúpidos?). La tesis central del artículo es que nuestra capacidad de reflexión, concentración y contemplación se ve afectada debido a la forma en que “consumimos” la abundante información que hoy nos provee la red. Y, en el proceso, se resiente nuestra capacidad de lectura, pensamiento y entendimiento. En definitiva, se afecta nuestra inteligencia. O sea, nos estupidizamos.

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La Real Academia Española define la inteligencia como la «capacidad para entender o comprender» y como la «capacidad para resolver problemas», sirviéndose de la percepción (capacidad de recibir información) y de la memoria (capacidad de almacenar información). Un individuo es menos inteligente cuando estas capacidades están en disonancia u operan en forma defectuosa. En principio, la hipótesis de Carr descansa sobre la idea de la baja capacidad de concentración o alta facilidad de distracción del lector. Condicionada la capacidad de leer textos extensos, considerados complejos o grandes corpus argumentativos, se resiente el input objeto de análisis, afectándose nuestra percepción cognitiva. A partir de allí, continúa Carr, se produce un mecanismo adaptativo evolutivo de captura de información llamado skimming activity, o rascado en superficie, que hace que solo tomemos lo que dice el titular de un diario, el índice de un libro, el summary de un paper académico, o los primeros 2 o 3 párrafos de un hipertexto, para pasar en seguida a otra noticia, texto o tarea.

A pesar del escepticismo de Carr respecto de las bondades de la nueva sociedad interconectada y sobre informada, y teniendo en cuenta situaciones igualmente conflictivas frente a los choques de paradigmas vividos en época de Sócrates con los primeros escritos (¿se afectará la memoria y la gente se volverá más olvidadiza?, planteaba) y en el siglo XIV con la invención de la imprenta, el autor nos pide que seamos cautos y escépticos con su pesimismo. Por supuesto que su trabajo continuó la línea argumentativa aquí planteada, en 2010 publicó The shallows, what the internet is doing to our brains (los superficiales, lo que internet está haciendo a nuestros cerebros), en donde expande con fuerza los argumentos insinuados en 2008. Recientemente volvió a la carga con su última obra, The Glass Cage (la jaula de vidrio), tal vez su mejor elaboración en favor de su argumento.

Con este planteo de Carr vuelvo a mi nuevo car. ¿Para qué necesito un auto? En esencia, para ir desde A hasta B, en forma segura y sin contratiempos. Mi anhelo de máxima es que un día pueda subir a un auto y que, sin necesidad de decir ni hacer nada, cumpla con ese objetivo simplemente interpretando mis pensamientos. Siendo así, entiendo que cada avance tecnológico del auto no me hace más estúpido, sino que me libera tiempo, de la misma manera que la libre disposición de la información en la web lo hace. La idea de una web 3.0, interpretativa, apunta en esa dirección y no con el objetivo de volvernos más shallows, superficiales, sino para permitirnos asignar nuestro potencial perceptivo y cognitivo a actividades que nos permitan realizarnos más libremente como seres humanos. Y si en el camino debemos desaprender prácticas y costumbres que llevamos haciendo hace décadas, ¿cuál es el problema? Al final de cuentas, somos una especie que evoluciona y se transforma a medida que transformamos nuestro entorno. Esa es la historia de nuestra civilización, y parece que estamos en la antesala de uno nuevo orden de cosas.

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Por Juan María Segura, Septiembre 2015

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